Veía impactado la
convicción patética para justificar ideologías opresoras al nivel de manipular
la información de la forma más vil y sinvergüenza encarnada en una infografía
de la fundación Jaime Guzmán, preguntándome qué palabra era la que iniciaba con
Jota entre medio de las F de Facho y la G de gay –esto último, sin ninguna
intención de menospreciar a la amable comunidad homosexual que tan pisoteada ha
sido hasta el día de hoy, pero parece que a estos tipos les molesta todavía
esta realidad y no entienden bien eso de la libertad-. Y la infografía me
pareció una simple caricatura de lo que vemos día a día, a cada rato, en las
noticias: este filme trágico que supuestamente es tan importante para nuestro
quehacer diario. Tan importante, mañana tarde noche 24 horas dos canales
diarios grises y el libre mercado de internet. Quitándole un poco el peso a
toda la mierda que nos vomitan con música de ‘esto es serio, esto es vital, esto es objetivo, esto es formal’
entre medio de publicidades disfrazadas y farándula hasta porsiacaso, es
inevitable que el trabajador promedio que por haber entrado lentamente y sin
darse cuenta al calabozo del lobo y firmar el contrato de la rutina perpetua –el
dinero es una inteligente forma de mantener la esclavitud- heredando un sistema
hecho para cagarte y que te sientas forzado a postergar el regalo que es el presente, se vea obligado a evadirse en
innumerables formas de entretenimiento y distracción de las cuales pocas
probablemente le son beneficiosas. Por ejemplo –por mencionar una que al menos
a mi me interesa bastante- las drogas –revisar
este concepto: no recomiendo a Cuauhtémoc Sánchez- legales, que no tienen
ningún beneficio aparte de contribuir a la lenta fumigación de ratas con
arsénico en cigarrillos y transgénicos en la comida para cerdos. Evadirse y
entretenerse, y el gobierno provee: circo y doble circo en lugar de pan. La
sola idea de querer mejorar las condiciones –ya que, evidentemente, el mundo es
un lugar que tiene el potencial de un verdadero paraíso, actualmente arrasado
por la estética del Mall- es
estigmatizada y reprimida por la fuerza de la tincada infantil apernada en
altos cargos, la autoridad del odio y la inversión en armamento. Ya no estamos
para caer en su sucio juego, creernos sus estereotipos hiperbólicos –Homero Simpson
pasó de ser una caricatura simpática a un modelo aspiracional que en shilito podemos equiparar al guatón
parrillero que bebe hasta quedar tirado-, en obedecer sus jerarquías
patriarcales, en entregarle el poder a un títere mentiroso y ladrón,
desligarnos de nuestro poder confiando en que los de arriba lo harán mejor, es
triste. Pero la lucha no puede darse siguiendo las normas que los medios nos
imponen. La violencia engendra violencia. Cómo luchar sin soltar toda la
energía contenida y la ira de la impotencia. Debo decir que nunca me han
gustado mucho las asambleas estudiantiles, simplemente no son mi estilo, y que
ya no participo en las marchas pues la verdad es que no me gusta perderme en
una masa que grita gritos con los que no simpatizo completamente –por caer en
el juego de la violencia, digo, aunque, diablos, qué difícil no decir la
palabra culiao después de paco- a la que suelen llegar aves de rapiña y otras
sabandijas destructivas a jugar a la guerra y tirar fuegos y gases nocivos en
pleno siglo XXI –bueno, sí, en otros países hay guerras aún, no veo muchos
dirigentes públicos interesados en mencionar algo al respecto a la hora de
hacer tratados e interactuar con nuestros vecinos de bien al norte-. Todos
tenemos distintos modos de luchar, todos son válidos, lo importante es luchar,
supongo. La idea está, está masificada y sólo requiere un par de decisiones
para comenzar a cuajarse –es una palabra horrible pero sirve-. En lo que
respecta a mi opinión, debo decir que adhiero con lo que menciona el I Ching en
el siguiente párrafo del signo 49 Kuai, el desbordamiento:
“Cuando en la ciudad ocupa un
puesto gobernante aunque fuese un solo hombre vil, éste podrá oprimir a los
nobles. Cuando en el corazón anida una sola pasión siquiera, ésta es capaz de
entenebrecer la razón. Pasión y razón no pueden coexistir, por eso se hace
absolutamente necesaria una lucha incondicional si uno está dispuesto a
contribuir a que llegue a gobernar el bien. Empero, para una decidida lucha por
el bien destinada a eliminar el mal, existen determinadas reglas precisas que
no pueden dejarse de lado si se pretende obtener el triunfo. 1º: La decisión
debe fundarse en un enlace entre la fuerza y la afabilidad. 2º: Un compromiso
con el mal no es viable; éste debe quedar desacreditado sean cuales fueren las
circunstancias. Del mismo modo, no es tampoco lícito que uno disimule o
embellezca sus propias pasiones y defectos. 3º: La lucha no debe ser conducida
por medio de la violencia directa. Allí donde el mal se ve descubierto y
estigmatizado, lucubra las armas a que debe recurrir, y cuando uno le hace el juego
de combatirlo golpe por golpe, sale perdiendo, puesto que en esta forma uno
mismo queda enredado en odios y pasiones. Por tanto, es cuestión de comenzar
mirando por casa: mantenerse personalmente alerta en cuanto a los defectos
estigmatizados. Así las armas del mal perderán por sí solas su filo, al no
toparse con ningún adversario. Del mismo modo, tampoco los defectos propios han
de combatirse directamente. Mientras uno siga debatiéndose con ellos a golpes,
permanecerán siempre victoriosos. 4º: La mejor manera de combatir el mal es un
enérgico progreso en el sentido del bien.”
Enérgico progreso en el
sentido del bien. Pese a lo fácil que es echarse para abajo y perder la
esperanza, ante tanta cosa negativa, tanta injusticia, tanta violencia y
suciedad vestida de autoridad, armada hasta los dientes, sedienta de sangre,
lo mejor sigue siendo ser consecuente y dar el ejemplo, transmutar hábitos,
captar lo negativo como motivación para mejorar. Creo que la sociedad se ve potenciada
cuando se potencia al individuo, cuando cada cual hace lo que se siente llamado
a hacer más allá de las expectativas que depositan en nosotros nuestras
familias y hacia arriba todas las estructuras sociales, frágiles y altamente
susceptibles a evolucionar –o podrirse-, como cualquier otra estructura. Y si
no, al menos podemos confiar en que cuando ya no quede nadie a quien matar, el
mundo se encargará de limpiar en un par de miles de años toda la mugre que
quede.




